Hacia una agricultura respetuosa con el medioambiente.

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En un foro internacional realizado por internet organizado por el IDEAM, el instituto colombiano de estudios medioambientales, los expertos señalaron que, a nivel mundial, el 22% de la emisión de gases de efecto invernadero procede de la actividad agropecuaria. Se conocen los efectos contaminantes de nitratos, fosfatos y plaguicidas.

En un foro internacional realizado por internet organizado por el IDEAM, el instituto colombiano de estudios medioambientales, los expertos señalaron que, a nivel mundial, el 22% de la emisión de gases de efecto invernadero procede de la actividad agropecuaria. Se conocen los efectos contaminantes de nitratos, fosfatos y plaguicidas. No solo sobre la naturaleza, también para el hombre. Sin embargo, una de las soluciones para frenar el cambio climático se encuentra en la agricultura. La agricultura puede ser una de las causas, pero también es una de las soluciones.

Según un informe publicado por la FAO, (el organismo de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), para el 2030 aumentarán un 60% las emisiones de gas metano y amoniaco a la atmosfera, como consecuencia de la actividad agraria, tal y como se practica en estos momentos.

Los fertilizantes, el estiércol y los plaguicidas son una de las principales causas de contaminación del agua. La utilización en exceso de fertilizantes nitrogenados vierte nitrógeno y fosfatos a las aguas subterráneas. Al utilizarse una cantidad superior a la que pueden absorber los campos de cultivo, esta se filtra al torrente acuífero y desemboca en cauces naturales. Ríos, lagos y embalses acaban infectados, lo que da lugar a una explosión desproporcionada de algas que eliminan otras plantas y animales acuáticos.

Los insecticidas, fungicidas y herbicidas más comercializados por la industria contienen altas dosis de agentes químicos nocivos, que no solo contaminan el agua dulce, sino que son dañinos para la salud humana. Existen 81 plaguicidas que contienen elementos cancerígenos. Se calcula que un 40% de las cosechas son tratadas con productos organofosforados. Fuente desencadenante de cáncer de páncreas, estómago y leucemia. En ocasiones, para continuar produciéndolo, los fabricantes se excusan en que sus efectos solo se producen en exposiciones a grandes cantidades.

Otro de los compuestos presentes en los productos químicos que se utilizan en la agricultura es el amoniaco. El amoniaco es un acidificante mayor que los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre, emiten gases que se incorporan con rapidez a la atmósfera.  Es una de las causas principales de la lluvia ácida, que daña a los árboles y acidifica el suelo, haciéndolo improductivo a largo plazo. Para la FAO, es probable que las emisiones de amoniaco sigan aumentando en los últimos años, tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo. Mientras la emisión de otros gases como el dióxido de azufre está sujeto a un estricto control, con el amoniaco es más complicado, ya que está presente en los excrementos de los animales.

Todo agricultor sabe que para obtener una buena cosecha y hacer rentable su actividad tiene que recurrir a los fertilizantes químicos. La clave está en un uso responsable. Saeco, un distribuidor de suministros agrarios, propone la sustitución de los fertilizantes tradicionales por otros ecológicos, libres de nitrógeno, fosfatos y otros productos dañinos para el medio ambiente. Siempre, una pequeña parte de los fertilizantes se vaporiza y se incorpora al aire, otra se filtra por el subsuelo. No todo el fertilizante es aprovechado por la planta. Es importante que todo agricultor siga a rajatabla las instrucciones del producto y lo aplique en su justa medida.

En las indicaciones del fabricante viene señalado la cantidad de utilización por hectárea. El agricultor debe adaptarlo a la superficie a abonar y distribuirlo homogéneamente. Es recomendable hacer un plan del abonado asesorado por expertos, y realizar después un análisis de tierra o de hoja para asegurarse de haber utilizado la cantidad correcta. Un fertilizado excesivo daña el cultivo, ya que quema las raíces de las plantas y altera la microbiología del terreno, reduciendo, así, la cantidad de nutrientes en la tierra.

Para mejorar el rendimiento, es bueno complementar el abonado con productos orgánicos compatibles con el cultivo, como bío-estimulantes, que proceden de algas y aminoácidos, estiércol natural y ácido húmico, que aporta humus y materia orgánica al suelo.

No hay vuelta a atrás.

En las últimas 7 décadas del siglo XX la producción de alimentos se multiplicó por 8. Mientras en 1940 el trabajo de un agricultor producía alimentos para 11 personas, en 1999 lo hacía para 90. Es lo que en la Enciclopedia de Historia llaman la “Revolución Agrícola.” Uno de los mayores avances en la historia de la humanidad.

Esto se debe a la mecanización de las labores agrarias y a la incorporación de avances científicos y tecnológicos a la agricultura. Después de la segunda guerra mundial se empiezan a utilizar los plaguicidas en el campo, gracias a ellos se reducen las plagas de parásitos e insectos y se logran mejores cosechas. Poco tiempo después aparecen los herbicidas con los que se eliminan hierbas silvestres de los cultivos, logrando que las plantas crezcan con más fuerza. Por medio de la genética se consiguen especies de plantas más resistentes y productivas. Con el hallazgo de los nuevos fertilizantes y la mejora en la selección de las semillas se logra un incremento en la calidad y cantidad de la producción.

Los avances extendidos durante la segunda mitad del siglo XX también afectan a la organización del trabajo. El barbecho se sustituye por la rotación de cultivos, lo que permite que la tierra esté siempre productiva y se amplíe la gama de productos que produce una finca. Con la mejora de los sistemas de regadío, se aprovecha mejor los recursos acuíferos y se logra abastecer de agua al campo con mayor autonomía respecto a las condiciones climáticas y geográficas, con un consiguiente aumento de la rentabilidad de las tierras. La incorporación de la maquinaria libera mano de obra. Para la realización de las tareas agrícolas se necesita menos personal, trabajadores que van a parar a la industria y a los servicios, reduciendo considerablemente el precio de los alimentos.

Este cambio drástico, con independencia de las desigualdades sociales, ha generado un aumento exponencial del excedente de alimentos para alimentar a la humanidad. Por consiguiente, una mejora del bienestar económico y social de la población y un aumento del poder adquisitivo de los productores agrarios, que hasta entonces, en muchos casos, tenían una economía de subsistencia, incluso en amplias zonas de Europa.

Para combatir el avance del cambio climático y el efecto invernadero no se puede proponer la vuelta a sistemas de cultivo de hace más de 100 años. El esfuerzo del sector debe concentrarse en cómo alimentar a la creciente población de seres humanos, incidiendo lo menos posible en el deterioro del medio ambiente.

Una de las soluciones está en la agricultura.

 Para la FAO, una de las herramientas para frenar el cambio climático se encuentra en la agricultura. Las superficies cultivadas absorben carbono. Entre 1997 y 1999, los campos de cultivo de todo el mundo fijaron en el suelo 1180 millones de toneladas de carbono. Si se amplían las áreas cultivables recuperando parte de los 125 millones de hectáreas de suelo salino se multiplica el efecto de absorción.

La FAO apuesta por la implantación de la agricultura de conservación del suelo o agricultura de no labranza. Minimizando las tareas de arado y labranza de la tierra, rotando los cultivos y haciendo un uso racional del agua y de los fertilizantes químicos, se reduce la erosión del suelo, se evita la contaminación de aguas subterráneas, se reducen las emisiones de CO-2 y el suelo se convierte en un sumidero de carbono. Es una práctica interesante para los agricultores, ya que con ella se mantiene la producción por más años y se incrementa la rentabilidad por hectárea.

Uno de los problemas que tienen las tierras cultivadas es la degradación. Alternando los cultivos, se utilizan los restos orgánicos de las cosechas anteriores como medio natural de protección y fertilización de los suelos. Se dota a la tierra de un abono natural, generado por las propias plantas y se consiguen cultivos más productivos y resistentes a la sequía.

Cada hectárea de agricultura de no labranza fija en el suelo una tonelada de carbono por año. Alternando en superficie de secano el trigo y el girasol mediante siembra directa se ahorra en torno a 70 litros de gasoil por hectárea, la tierra siempre se encuentra abonada y se multiplica su productividad, al tiempo que es beneficioso para el medio ambiente. En algunas partes de áfrica se alterna con éxito la soja y el sorgo, convirtiendo áreas de secano de poco valor agrario en tierras de cultivo productivas.

Para reducir la emisión de gases de efecto invernadero hay que aplicar políticas que penalicen el uso de contaminantes químicos, restaurar las tierras degradadas e implementar la reforestación. Para favorecer la adaptación al cambio climático es necesario potenciar variedades de cultivo resistentes a las sequías, las altas temperaturas y las condiciones salinas. En secano hay que potenciar la rotación de cultivos y la agricultura de conservación del suelo, y en regadío hacer un uso eficiente del agua fomentando técnicas como el riego localizado.

Si bien el empleo de determinados productos químicos en la agricultura es una de las principales fuentes de contaminación del medio ambiente, un uso y planificación racional de la actividad agraria es una de las herramientas más poderosas para luchar contra el cambio climático.

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