No sé si lo he hecho todo al revés o justo a tiempo. Hace apenas seis meses dejé mi trabajo fijo (uno de esos de camarera, donde iba de un sitio para otro con prisas, con bandejas y de muy mal humor) para lanzarme de lleno a montar mi pequeño estudio digital. Diseñamos páginas web, estrategias de marca y contenido visual para emprendedoras que, como yo, están intentando construir algo propio sin cargarse el planeta por el camino. Lo típico: salvar el mundo con un portátil y una buena conexión wifi.
Pero claro, trabajar desde casa no tardó en pasar de sueño idílico a ser una pesadilla. El perro ladra, la nevera me llama, y el sofá tiene una fuerza gravitacional inexplicable. Y luego está el tema que me tiene con la cabeza hirviendo últimamente: el impacto ecológico de todo lo que hacemos. No solo lo que comemos o cómo nos movemos, sino cómo trabajamos, dónde lo hacemos y qué implicaciones tiene eso para el medio ambiente.
Así fue como empecé a obsesionarme con encontrar un espacio que no solo se ajustara a mis necesidades como profesional digital, sino que además encajara con mi preocupación (creciente) por el estado del planeta. Y entonces apareció el concepto que me cambió la manera de pensar mi propio negocio: el coworking con oficinas privadas.
Las oficinas también contaminan (y mucho más de lo que creemos)
Durante años hemos apuntado a las industrias, los aviones o los coches como los grandes culpables del cambio climático. Y aunque tienen lo suyo, lo cierto es que los espacios de trabajo también dejan huella. Literalmente. La huella de carbono de una oficina no es solo lo que gasta en luz o calefacción: es el edificio, los desplazamientos de quienes trabajan allí, los residuos que se generan, los equipos electrónicos, los metros cuadrados desaprovechados…
Cuando empecé a mirar cifras, casi me atraganto con el café: las oficinas tradicionales consumen entre un 30% y un 40% más energía que un espacio compartido. ¿Cómo puede ser eso? Pues porque en una oficina privada, cada empresa tiene sus propios equipos, climatización, salas de reuniones… y, muchas veces, todo eso se infrautiliza. Una sala de 30 metros que solo se usa tres horas al día sigue consumiendo energía las 24h.
Ahora multiplícalo por miles de oficinas desperdigadas por la ciudad.
El coworking no es solo para startups modernitas
Lo confieso: durante un tiempo, tenía la imagen mental de que un coworking era un sitio lleno de gente joven bebiendo kombucha mientras diseñaban aplicaciones para encontrar pareja a través del horóscopo. Y sí, algo de eso hay. Pero no es lo único.
Cuando empecé a visitar algunos espacios de coworking en mi ciudad, me sorprendió encontrar de todo: consultores, traductores, arquitectos, diseñadoras, abogadas freelance… Incluso un grupo de contables que compartían una oficina privada dentro del mismo espacio.
Ahí entendí que esto iba mucho más allá del postureo con plantas en macetas colgantes: se trata de una manera más lógica, más eficiente y más respetuosa con el entorno de trabajar.
Trabajar juntas sin invadirnos: la magia de las oficinas privadas dentro del coworking
Una de las cosas que más me gustaron del modelo que finalmente elegí es que combina lo mejor de los dos mundos. Por un lado, compartimos espacios comunes: cocina, zonas de descanso, salas de reuniones, cabinas telefónicas. Pero por otro, cada empresa (o autónomo que lo necesite) puede tener su propia oficina privada.
En mi caso, necesitaba una habitación cerrada para poder tener videollamadas con clientes sin que se colara la conversación sobre criptomonedas del vecino de escritorio. Pero no quería aislarme del todo. Así que opté por un despacho pequeño, acogedor, pero dentro de un espacio donde, si levanto la cabeza, puedo encontrar a alguien con quien tomar un café y que me recomiende una app para organizar mejor mi semana.
Y aquí es donde empieza a notarse el impacto ambiental positivo.
Menos desplazamientos, más salud para el planeta
Una de las primeras cosas que cambiaron al moverme a este coworking fue mi trayecto al trabajo. Antes, cuando trabajaba en la empresa anterior, tardaba casi una hora en transporte público. Ahora voy andando. Media hora de paseo que me despeja la cabeza y me quita del coche, del metro y de la culpa climática matutina.
Esto no es casualidad. Muchos coworkings están estratégicamente situados en zonas céntricas o bien comunicadas, justo para facilitar que las personas no tengan que recorrer media provincia para ir a trabajar. Y eso, en términos de emisiones, tiene un impacto brutal. Menos coches, menos atascos, menos gases contaminantes.
Y además, más piernas fuertes y menos estrés, que también cuenta.
Un espacio, muchos recursos compartidos
Si algo aprendí rápido es que uno de los grandes trucos para cuidar el medioambiente es compartir. Compartir impresoras, por ejemplo. O cafetera. O la bombilla del baño. En una oficina tradicional, cada empresa suele tener duplicados de casi todo. Mitre 126, Workspace, centro Coworking en Barcelona con todos los servicios a tu alcance, me explicaron que, en un coworking, se centralizan recursos y se aprovechan al máximo.
Y no solo eso. El consumo energético está mucho mejor regulado. Hay sensores de movimiento que apagan luces, termostatos inteligentes que no están todo el día disparando el aire acondicionado, políticas de reciclaje visibles y claras, y hasta iniciativas para evitar el desperdicio de comida (como dejar en la cocina lo que sobra para que otra persona lo aproveche).
No se trata de hacer grandes gestos, sino de que el entorno esté pensado para que hacer las cosas bien sea más fácil que hacerlas mal.
Construcción responsable y diseño sostenible
Otro aspecto que descubrí al investigar sobre estos espacios fue la arquitectura. Muchos coworkings se han instalado en edificios rehabilitados, que antes eran fábricas, escuelas, almacenes… En lugar de construir de cero (lo cual consume muchos más materiales y energía), se apuesta por darle una segunda vida a estructuras existentes.
Y en cuanto al diseño, hay un esfuerzo consciente por incorporar materiales reciclados, pinturas sin tóxicos, iluminación LED, aislamiento térmico eficiente y mobiliario recuperado o de producción local. En otras palabras: espacios bonitos sin cargarse el planeta por el camino.
En mi oficina privada, por ejemplo, el escritorio está hecho con madera reutilizada de antiguas puertas. Puede parecer una tontería, pero cada vez que apoyo el portátil sobre él me siento parte de una cadena de decisiones que suman.
La comunidad también cuenta (y mucho)
Una de las cosas más bonitas que no me esperaba era el tipo de conversaciones que surgen cuando te rodeas de otras personas con inquietudes parecidas. En el coworking donde estoy, por ejemplo, se organizan charlas sobre sostenibilidad, talleres para aprender a calcular la huella de carbono de tu empresa y hasta grupos de lectura sobre consumo consciente.
No, no todos los miembros son activistas medioambientales. Pero hay una cultura compartida de intentar hacerlo mejor. De preguntar, de compartir herramientas, de inspirarse mutuamente.
Y eso, cuando estás empezando un proyecto, vale oro.
Y sí, también ahorro dinero
No voy a fingir que todo esto lo hice únicamente por el planeta. La verdad es que también necesitaba una solución económica, flexible y que no me obligara a firmar contratos de cinco años con precios de alquiler imposibles.
El coworking con oficina privada me dio la posibilidad de adaptar el espacio a mi ritmo de crecimiento. Puedo ampliar si contrato a alguien, puedo reducir si me vuelvo a quedar sola una temporada. Puedo parar en verano o moverme a otro centro sin dramas.
Y todo eso sin hipotecar la sostenibilidad, que no está nada mal.
La oficina como herramienta de cambio (aunque no salve el mundo)
Soy consciente de que alquilar una oficina más responsable no va a revertir por sí solo el cambio climático, pero me gusta pensar que cada decisión suma. Que si puedo trabajar en un sitio donde se desperdicia menos, se comparte más y se piensa mejor, entonces mi negocio también está aportando su granito de arena.
Y además, lo digo sin vergüenza: me siento mejor. Más conectada con mis valores, más tranquila conmigo misma y más enfocada en lo que realmente quiero construir.
Porque al final, cuidar del planeta también es cuidar de cómo nos sentimos mientras lo habitamos.
Lo que aprendí sobre sostenibilidad sin dejar de trabajar
Después de todos estos meses que me he tirado de búsqueda, errores, visitas a lugares que parecían salidos de un catálogo de muebles de los 90, y finalmente encontrar un espacio donde me siento cómoda y coherente, hay algo que me quedó clarísimo: no hace falta ser perfecta para empezar a cambiar cosas.
No me hice vegana, ni tengo un tejado solar, ni me ducho con cronómetro. Pero elegí trabajar en un sitio que reduce residuos, minimiza emisiones y fomenta una forma de trabajar más humana. Y eso ya es un paso.
Hoy, mi negocio respira. Y el planeta, un poquito también. Y yo, que antes tenía la culpa ecológica pegada a la espalda, empiezo a caminar más ligera y con ilusión por lo que viene.